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Al concluir un día cualquiera, ya de regreso a casa cuando baja el ritmo del día, ¿les ha pasado que cierto sentimiento de vacío o de insatisfacción se asoma para desvelar que algo no anda del todo bien?, que la velocidad con la vivimos nos lleva de manera vertiginosa a espacios de incertidumbre mayores, y todo a costa de evitar caer en el rezago, de quedar relegada.

Solo tenemos tiempo para tomar un respiro y continuar en esa carrera de rapidez, donde ya no hay lugar para consolidar hábitos, valores o rutinas determinadas. En su libro Vida Líquida, dice Zygmunt Bauman: "lo que se necesita ahora es correr con todas las fuerzas para mantenernos en el mismo lugar, pero alejados del cubo de la basura al que los del furgón de cola están condenados".

El sentimiento de insatisfacción al que difícilmente escapamos viviendo en este sistema social líquido, viene de la cosificación a la que se ha sometido el ser humano, donde todo adopta una categoría de objeto de consumo y de desecho.

En la película Gigantes de Acero, Charlie Kenton (Hugh Jackman), tras la pérdida de su último robot de pelea en un combate clandestino, él y su hijo Max quienes se reencuentran tras la muerte de la madre, acuden a un tiradero de chatarra industrial.

En esa secuencia, Charlie comenzó una explicación de cómo el negocio de las peleas clandestinas exigió algo nuevo; la violencia sin límites entre humanos y la sangre, ya no bastaban, hasta que llegaron las peleas de robots gigantes, por exigencia del consumo.

Max quien ayudaba a su padre a conseguir refacciones, cae a un precipicio donde termina colgado de lo que parecía un pedazo de metal.

Luego de ser auxiliado por su padre, Max descubre –el amor que su padre le tiene– pero también, que fue el brazo de un robot viejo semienterrado lo que salvó su vida, motivo que lo lleva a sacar al robot del lodo para luego limpiarlo y darle una segunda oportunidad en una trama donde el boxeo de robots gigantes solo daba cabida a las versiones más avanzadas, modernas y sofisticadas.

Al tiempo que esta cinta nos recuerda la importancia de la permanencia, de los valores, la familia y el amor, nos hace reflexionar sobre aquello que verdaderamente es trascendente, ante el ocaso de valores humanos.

Nosotros por naturaleza necesitamos de una realización espiritual, del amor que se da en un abrazo, en un beso; de generar valores que no sean volátiles, relativos o estandarizados como lo hacen las aplicaciones virtuales para expresar sentimientos. Trascendamos.

 

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